Las noticias recurrentes sobre crímenes de odio parecen incapaces de superar nuestra capacidad de sorpresa frente al desequilibrio humano. Es cierto, nada nuevo hay en que seres humanos asesinen a sus semejantes, desde Caín y Abel. Pero lo que estamos viviendo en tiempos recientes merece todos los análisis posibles y, por encima de eso, la búsqueda si no de soluciones, por lo menos sí de paliativos. La lista de referencias resultaría interminable, en escuelas como Columbine o Parkland, en templos aquí en los Estados Unidos, en Egipto y, más recientemente en Nueva Zelanda, contra peatones indefensos en Londres o Nueva York, en sitios nocturnos y salones de espectáculos, en trenes o aviones, en cualquier sitio, y lo peor de todo, con cualquier motivo. Hoy por hoy parece imposible sentirse seguro ante la eventualidad de que a un fanático, de la corriente que sea, le dé por consumar una matanza.
Vivimos momentos difíciles en un mundo donde la información llega a raudales y nos enteramos al segundo de lo que está sucediendo en cualquier esquina. Pero entre las bondades de la información ilimitada, nos llega también la desinformación tendenciosa y malintencionada. Nos hemos polarizado como sociedad, en todas partes y por cualquier razón, y a esa polarización, que en condiciones normales sería soportable, le hemos sumado unas cargas de odio e intolerancia que son a la postre las que conducen a esas mentes desequilibradas a cometer los hechos execrables que tanto rechazamos.
En esta nación, por ejemplo, medio país odia al otro medio, porque unos siguen a un presidente que los otros detestan. Lo acusan de sembrar odio y responden sembrando más odio en su contra. En Colombia, otro ejemplo, medio país odia al expresidente Uribe, no saben por qué pero lo odian, y en consecuencia odian también a los que lo aprecian, y en ese proceso pululan las acusaciones, las calumnias y los infundios, que hacen más difícil una eventual reconciliación entre unos y otros. Es evidente que en ese país va a ser mucho más difícil desarmar los corazones que a los combatientes.
No existe una convivencia pacífica entre personas en una sociedad contagiada por el odio. Tenemos que aprender a tolerarnos unos a otros, con nuestros defectos y virtudes, y no podemos seguir prolongando nuestros rencores y rencillas, aún más allá de nuestra propia muerte, convirtiendo a nuestros hijos en agentes de nuestro odio y nuestra intolerancia. Es imperativo que recordemos que cada vez que decimos frente a nuestros hijos menores “yo odio a ese tipo,” estamos inyectando en sus mentes aún maleables esos mismos sentimientos negativos.
En ese proceso, la cadena de odio será interminable y estaremos dejando en el mundo personas cada vez más intolerables. Tenemos que compartir con nuestros hijos nuestras alegrías y satisfacciones, nuestros amigos y las cosas que nos hacen felices, las cosas que nos dan placer y las que nos hacen personas mejores, debemos construir en ellos memorias duraderas y razones para que se sientan orgullosos de que hayamos hecho parte de sus vidas.
Lamentablemente, y nada podremos hacer para evitarlo, la vida les traerá a ellos sus propias experiencias negativas y no necesitan que les dejemos impresiones de las nuestras.

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